AÑO NUEVO EN NEW YORK

SUCESO GARDELIANO N°9 - 19/12/20199

AÑO NUEVO EN NEW YORK

Carlos Gardel pasó en New York los dos últimos festejos de Año Nuevo de su vida .

El 9 de diciembre de 1934, Carlos Gardel escribía a su amigo Armando Defino desde New York:  

Gardel brindis año nuevo

“Pronto comenzará un nuevo año y quiero desearte a vos y a los tuyos la mayor felicidad. El día de Navidad no olvidaré de levantar una copa de rubio champán a tu recuerdo y al de tu familia, con la esperanza de que pronto podamos hacerlo juntos. Para aprovechar el cambio, apenas cobre el paco  (*) habrá que cambiarlo en vento moneda nacional. Te mandaré de diez en diez, no sea cosa que un saque se asusten los hilos telegráficos. Habrá que ubicarlos bien y que vayan produciendo una rentita de regular para arriba. Con un gran abrazo a tu mamá, Adela y los pocos amigos que lo merecen y todo el afecto incondicional de tu amigo Carlos.” 

(*) Paco. Lunfardo: En este caso dinero // Suma importante de dinero // Fajo de billetes papel moneda.

Carta a Defino Fin de 1934

El 7 de noviembre de 1933 Gardel había partido de Buenos Aires en el Conte Biancamano acompañado por Alberto Castellano, Horacio Pettorossi y Armando Defino, quien a insistencia de su amigo, decidió tomarse unas semanas de licencia para que él y su esposa Adela pudieran disfrutar de unas breves vacaciones en Europa en su compañía 

Armando Defino nunca olvidaría el mes que pasó en París antes de que Gardel siguiera viaje a Nueva York, entusiasmado por lo que más le interesaba en ese momento: las emisiones radiales que pronto realizaría en Nueva York. 

Mrs. Wakefield agasajó al cantor para su cumpleaños con una suntuosa cena de despedida en un cuarto privado del Café de París. Varios amigos de la dama estaban allí junto con el grupo de argentinos. 

Manuel Sofovich recordaba: “Eramos trece los comensales. De los cuales sólo seis argentinos: Carlitos, Le Pera, el administrador de Gardel, Armando Delfino; el maestro Castellano —director prestigioso de Radio El Mundo, ahora destacado compositor musical y ejecutante de guitarra, Petorossi y el modesto periodista de este recuerdo…” 

Caviar, manjares exquisitos, botellas del mejor champagne… Gardel cantó algunas canciones en francés; se bailó; se brindó repetidamente por su éxito, que todos consideraban indudable. Se había convenido desde el principio que Castellano y Pettorossi viajarían con Gardel a Nueva York. Le Pera se quedaría en París a la espera de novedades. 

Defino fue a la estación para despedir a los viajeros cuando abordaron el tren a Cherburgo. Hubo una última, precipitada conversación y un cálido abrazo de despedida, pero la separación no fue muy penosa porque ninguno de los dos sabía que no volverían a verse. 

Defino partiría esa noche hacia Barcelona y luego regresaría a la Argentina. Mucho antes que él llegara allá, su amigo Carlos, embarcado en el Champlain, tras pasar la Navidad en alta mar, se encontraría instalado en Nueva York.

1933 diciembre 19 al 28 GARDEL CHAMPLAIN

Un frío inusitado asolaba la ciudad en el atardecer del jueves 28 de diciembre de 1933, cuando un pequeño comité de bienvenida se reunió en la sala de espera del Muelle 57 (Calle Catorce) para esperar el arribo del Champlain. Lo presidía el uruguayo Hugo Mariani, principal responsable de la visita de Gardel a Nueva York. También había un músico argentino, Terig Tucci quien, instalado allí a mediados de los años 20, trabajaba como arreglador, violinista y asesor sobre música latinoamericana para la NBC y estaba nervioso ante la perspectiva de trabajar con la famosa estrella. Su testimonio brinda vívidos atisbos de esos pocos días que compartieron antes de que finalizara el año. 

“Nos encontrábamos en los últimos días de 1933. Hacía un frío insoportable. En general, el mes de diciembre no es extremadamente frío en Nueva York. Si bien las gélidas brisas del norte canadiense comienzan ya a hacerse sentir en estas latitudes, las bajas temperaturas no aparecen hasta enero, para continuar luego casi sin tregua hasta bien entrada la primavera. 

La última semana del año —de Navidad a Año Nuevo— es en todas partes una semana de compras, regalos, preparativos de fiesta … y ese espíritu festivo que domina el ambiente, excita … pero a la vez deprime. 

Quizás en ningún otro rincón del mundo las características de estos días de tradicional celebración sean tan acentuados como en esta ciudad de Nueva York. La inmensa urbe, con su precipitado ritmo de vida, cobra una animación sorprendente, excepcional: sus múltiples fauces subterráneas vomitan una corriente ininterrumpida de humanidad, que invade las tiendas en clamorosa algarabía, desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche. 

Con la misma generosidad con que los trenes arrojan el gentío a sus calles, la voracidad de sus entrañas los engulle nuevamente para dispersarlos de regreso a todos los rincones de la ciudad, con lo cual el pulso de la gran urbe adquiere una vez más su ritmo normal y se reajusta al milagroso equilibrio del tropel de vida que circula por sus arterias. 

Para nosotros esa semana fue particularmente ardua. Participábamos, como todos, en los febriles preparativos de las fiestas; además, en esos días llegaba Carlos Gardel, el zorzal criollo que había remontado el vuelo hacia cielos norteños para seducir al pueblo de los Estados Unidos con el hechizo de su arte y la palpitante belleza de su cancionero”. 

Había oscurecido cuando el gigantesco buque francés (tenía 28.124 toneladas, y era famoso por su vasto comedor) atracó en el muelle. 

La tarde gris se disolvía ante el avance del manto nocturno, borrando las formas ingentes del gran puerto. Las luces, encendidas durante todo ese día breve y encapotado, se hacían conspicuas, infundiendo al ambiente una atmósfera melancólica. Por los altoparlantes de la sala una voz anunciaba la llegada del barco. La gente se agolpaba en las ventanas para observar las maniobras del remolcador, que ayudaba a la gigantesca nave a atracar al muelle. Se colocaron las planchadas. 

Sigue diciendo Tucci: 

“Subimos a bordo. Buscamos en la algarabía de la muchedumbre las caras familiares de nuestros viajeros. Por fin los encontramos y les damos la bienvenida, cordiales y efusivos, pero con esa cierta compostura de personas que acaban de conocerse. Si no fuera porque lo conocíamos tanto por haberlo visto en películas y en infinidad de fotografías, al verlo hoy, con su aire tímido y receloso, nos hubiéramos preguntado con cierta incredulidad: ¿Es éste Carlos Gardel?” 

Los viajeros se instalan de inmediato en el gran Hotel Waldorf Astoria, donde se les han reservado confortables aposentos. 

El día siguiente fue el más frío en Nueva York en catorce años. La llegada de Gardel ocupó la primera plana de La Prensa, diario neoyorquino de habla castellana. Por la mañana, en el salón de música del edificio, el cantor y sus acompañantes se reúnen con Terig Tucci y Hugo Mariani, director de orquesta de la N.B.C. y principal gestor de su contratación. 

El objeto es compaginar el primer programa y repasar con piano los temas con que se ha de presentar el cantante. Entre las obras elegidas figuran la canción «El carretero» y los tangos «Silencio». «Cobardía», y «Buenos Aires», el que se ha de utilizar como cierre en todas las audiciones. 

Una vez puesto de acuerdo con las obras y ajustado algunos detalles, Tucci se lleva las partes de piano y canto a su casa para dedicarse de lleno a preparar las orquestaciones respectivas. 

mientras Gardel, sin mayor prisa, iba a almorzar al Ritz-Carlton, en una bienvenida dispuesta por el consulado argentino (y de otros países latinoamericanos) de la ciudad. 

A las 22.30 horas de la víspera de Año Nuevo, se lleva a cabo la primera emisión. Gardel había pasado buena parte de ese día en los estudios de la NBC en la Quinta Avenida, ensayando sus canciones, primero con el piano y luego, después del almuerzo, siendo secundado por una orquesta integrada por 19 instrumentistas (según comentará el propio cantor en una de sus cartas enviadas a Defino). 

En la importantísima emisora ha de cumplir un ventajoso contrato, que le estipula una ganancia de 315 dólares semanales. 

Al respecto, dice Hugo Mariani («Clarín», junio de 1949): 

«Nunca hasta esa fecha se había pagado tanto en los Estados Unidos a un artista extranjero, prácticamente desconocido allá. Su actuación entraba en la categoría de los grandes programas exclusivos de la más popular de las broadcastings norteamericanas. 

Para calcular aproximadamente lo que costaba a la N.B.C. la presentación de Gardel, cabe agregar, que a los sueldos de éste, había que sumar los de los directores musicales, orquesta. propaganda, arreglos musicales, etcétera.» 

La emisión en sí resultó bastante lograda. La primera canción de Gardel transmitida por la NBC fue la que había escogido como tema central de la serie, el noble tango “Buenos Aires”: 

“Buenos Aires, la Reina del Plata, Buenos Aires, mi tierra querida, escuchá mi canción, que con ella va mi vida…” 

El hecho es recordado por Terig Tucci. en su libro «Gardel en Nueva York» (Año 1969): 

“Llegó la hora de la prueba. Los profesores sentados ante sus respectivos atriles: Gardel, completamente dueño de sí, examinaba sus canciones; desde su estrado, Hugo Mariani aprestándose a iniciar el ensayo y repiqueteando la batuta, llamaba al orden a la orquesta. 

La primera pieza que se ensayó fue ‘Buenos Aires’, la canción que debía servir de rúbrica. Ante una orquesta de esas dimensiones, temeroso Gardel de que se entrometiera demasiado y entorpeciera así su labor de intérprete, oía el acompañamiento con mucha atención y cierto recelo, mientras cantaba la letra en voz baja. No toleraba que nada pudiera inmiscuirse en su canto, y de vez en cuando echaba miradas furibundas en dirección a los músicos. Era obvio que el artista consideraba a la orquesta como el grupo de oposición…» 

Por suerte, no todo estaba perdido. Gardel pareció complacido con un par de versiones de Tucci, y manifestó su aprobación con una típica expresión porteña: “¡Macanudo, viejo, macanudo!”… 

Esa misma noche, la voz triunfante de Carlos Gardel, el Zorzal Criollo que venía a conquistar nuevos laureles por cielos norteños, se escuchaba en incontables millones de cielos norteamericanos. …” 

El nuevo año llegaba colmado de inmejorables augurios… 


Bibliografía 

Carlos Gardel, la verdad de una vida – Armando Defino – Compañía General Fabril Editora S. A., 1968 

Gardel en Nueva York – Terig Tucci – Webb Press, New York, 1969 

Carlos Gardel Su vida, su música, su época – Simon Collier – Editorial Sudamericana: junio de 1988 

Noticias Gráficas, 24 de marzo de 1960 

Clarín, 24 Junio de 1949, gentileza de Matías Fregan 

Champlain Manifest, diciembre de 1933, gentileza de Clara Koser


Por Martina Iñiguez para Fundación Internacional Carlos Gardel


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